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Salud psicológica y sociedad contemporánea

Fuente: Psicología. Teoría de la Praxis. Tomo I 1)

A pesar de que la noción de sociedad lleva implícita la cooperación entre sus integrantes y de que en la práctica los seres humanos trabajan unos para otros, la manera en que se ha organizado la vida social desde hace alrededor de cinco mil años a la fecha, y cada día más, implica una estructura y una dinámica progresivamente productora de múltiples expresiones de neurosis y psicosis, debido a que los individuos tienden a centrarse en sus necesidades, deseos y aspiraciones inmediatas descuidando el nicho ecológico y social en que viven, el cual paradójicamente se cobra ese olvido propiciando frustraciones, soledades, vacíos emocionales y un clima proclive a la violencia. Algunos individuos e instituciones se constituyen en elementos que frenan o reprimen la realización de las posibilidades de otros.

La neurosis constituye un estado de malestar y sufrimiento derivado del conflicto de una persona o una colectividad por la contraposición entre los deseos y las obstrucciones o amenazas en que se desenvuelve la vida cotidiana, muchas de ellas integrándose como fuerzas emocionales intensas y contrapuestas en la vivencia individual, familiar, institucional, laboral, comunitaria, nacional y planetaria. Freud (1923/1985), como Hobbes (1651/1984), consideró que eso era inherente a la “naturaleza humana” y es la concepción común que prevalece todavía hoy en día. La conflictividad emocional produce reacciones exageradas ante acontecimientos que, desde otro punto de vista, podrían tener una solución práctica sencilla o resultarían inofensivas.

Al menos desde la segunda mitad del Siglo XIX, y cada vez más hasta la fecha, se ha ido dando importancia mayor a los problemas psicológicos de las personas como un ámbito relevante de la problemática social contemporánea. La psiquiatría, como una rama de la medicina, ha encabezado la atención a lo que se ha denominado “salud mental”, como complemento de la “salud física” o “corporal”. La 65ª Asamblea Mundial de la Salud (2012) adoptó la resolución WHA65.4

“referente a la carga mundial de trastornos mentales y la necesidad de articular una respuesta integral y coordinada del sector de la salud y los sectores sociales en los países. En la resolución se insta a los Estados Miembros a asignar recursos suficientes a la salud mental y se pide a la OMS que prepare un plan de acción integral sobre salud mental para presentarlo en la 66ª Asamblea Mundial de la Salud por conducto del Consejo Ejecutivo en 2013”.

En esta perspectiva, la Organización Mundial de la Salud (OMS) concibe a la “salud mental” como

“un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad” (Organización Mundial de la Salud, 2013).

Dicha definición de “salud mental” se relaciona con la dimensión positiva que la OMS le da al concepto general de “salud”:

“La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades” (Organización Mundial de la Salud, 2013).

Bajo esta definición puede decirse que la “salud” no existe ni ha existido: un pequeño malestar por estar demasiado tiempo de pie o sentado, una preocupación mínima o el llanto lógico ante la pérdida de un ser amado, o inconformarse con una situación social, serían considerados como falta de salud y, por tanto, enfermedad. Es evidentemente inconsistente.

Algo similar ocurre con la definición de “salud mental” al referirse a las “tensiones normales de la vida”: ¿Son “tensiones normales de la vida” el tráfico y el sonar constante de las bocinas de los automóviles en las grandes ciudades, la violencia social, la falta de seguridad pública, la concentración de la riqueza y la extensión de la pobreza, el burocratismo y la corrupción de los gobiernos; el abandono emocional o el abuso de unos hacia otros? Esa frase de la definición de la OMS es muy desafortunada: ambigua e irrelevante.

Tampoco basta con “trabajar de forma productiva y fructífera” pues hay muchos adictos al trabajo compensando soledades emocionales. La capacidad para contribuir a la comunidad tampoco garantiza que así lo haga o que lo haga por iniciativa personal, o que considere como contribución a la comunidad lo que para muchos otros constituye realmente un abuso o una humillante caridad.

La OMS no tiene un concepto claro de qué es la salud y mucho menos de qué es la salud mental, y, por tanto, tampoco puede comprender en qué consisten las posibles enfermedades o pérdida de la salud, al grado de que es frecuente que se considere como enfermedad lo que en realidad es una reacción sana y que se considere sano lo que va en contra de la armonía orgánica-emocional. Por ejemplo, de manera general se considera enfermedad a la elevación de la temperatura corporal, cuando, en algunas ocasiones, constituye una compensación sana para combatir infecciones (De Luca, Espinosa y Sánchez Azuara, 2012). En contrapartida, puede considerarse como “sano” el consumo de algunos productos comestibles industrializados que en realidad pueden estar causando daño a la relativa armonía orgánica, a la sustentabilidad de la vida. Algo similar ocurre en lo que llaman “salud mental”: la protesta puede ser un símbolo de salud y el conformismo un símbolo enfermizo, mientras que las definiciones de la OMS los consideran al revés.

En consonancia con la perspectiva alópata de la OMS, la Asociación Psiquiátrica Americana (APA) generó en 1952 el Manual Diagnóstico Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM), como una variante especializada de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE). Ambos documentos han sido una referencia tradicional de psiquiatras y psicólogos cuando se refieren a la psicopatología. La versión V del DSM fue publicada en mayo de 2013, unos días después de que la Sociedad Británica de Psicología (BPS) hiciera un llamado a desconocer su validez. Dicho pronunciamiento fue reportado por la revista Infocop Online (2013) de la siguiente manera:

“Tras el anuncio del Instituto Nacional de Salud Mental de EE.UU. (National Institute of Mental Health- NIMH) de dar la espalda a la clasificación del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders - DSM) y elaborar una nueva clasificación diagnóstica basada en marcadores objetivos y biológicos, la División de Psicología Clínica de la Asociación Británica de Psicología (BritishPsychologicalSociety - BPS) aviva aún más la polémica mostrandosu oposición a la aplicación del modelo biomédico para la comprensión de los trastornos mentales.

“… la División de Psicología Clínica de la BPS realiza un llamamiento internacional para el abandono definitivo del modelo de ‘enfermedad y diagnóstico’ en salud mental, manifestando que ‘es oportuno y apropiado afirmar públicamente que el actual sistema de clasificación diagnóstica, en el que se basan el DSM y el CIE, con respecto a los diagnósticos psiquiátricos funcionales, presenta limitaciones conceptuales y empíricas significativas. Por consiguiente, es necesario realizar un cambio de paradigma en relación con las experiencias a las que se refieren dichos diagnósticos.

“… señala que los llamados diagnósticos ‘funcionales’ –esquizofrenia, trastorno bipolar, trastorno de la personalidad, trastorno por déficit de atención, etc.– se presentan como una declaración objetiva de los hechos, pero son, en esencia, juicios… basados en la observación y la interpretación de la conducta y del auto-informe del usuario, por lo que están sujetos a variaciones y sesgos, lo que limita su validez.

“… aclara que ‘esta postura no debe interpretarse como una negación del papel de la biologíaa la hora de mediar y posibilitar las experiencias humanas, las conductas y el malestar en todas sus manifestaciones’, así como que tampoco pretende atacar a ninguna otra profesión sanitaria, sino a los modelos teóricos que se aplican en la comprensión de la naturaleza de los trastornos mentales”.

La Teoría de la Praxis señala que el concepto de “salud mental” es limitado porque supone que hay algo interno en la mente o en el cerebro de la persona enferma que no le permite adaptarse a la realidad, lo que constituye un enfoque parcial y es propio de la alopatía en la que se han formado los psiquiatras dentro del contexto de la mentalidad occidental que, al clasificar, separa aspectos que van unidos en un solo proceso. De acuerdo a esta perspectiva, si una persona actúa de manera “anormal” o rara será necesario administrar medicamentos o hacer algún tipo de intervención en sus procesos fisiológicos cerebrales y hormonales, sin atender la manera en que está viviendo, sus vínculos afectivos y sus posibilidades y limitaciones en su contexto real. Hablar de “salud mental” propicia una equivocada separación entre la mente y el cuerpo, así como con el entorno físico y social. En la Teoría de la Praxis se propone un enfoque integral en el que los fenómenos psicológicos se conciben como una dimensión esencial de lo real y no como algo separado.

En esta teoría,tener salud psicológica es diferente de “ser normal”. Porque no se trata simplemente de comportarse de acuerdo a las normas. La norma psicológica, lo que prevalece socialmente, es la neurosis en diversos grados motivadas por los absurdos reales en que se desenvuelve la mayoría de las personas en la actualidad; las personas con una mejor salud psicológica relativa son una pequeña minoría.

El concepto de salud psicológica propuesto por la Teoría de la Praxis no solamente abarca lo “subjetivo” o la forma en que una persona “interpreta” su entorno, sino también el entorno mismo. El ruido continuo y excesivo, las deudas impagables, los embotellamientos, la falta de descanso suficiente, las jornadas de trabajo excesivas, el abandono y la superficialidad emocional, la rutina y la monotonía prolongadas, el aislamiento prolongado, la falta de oportunidades de superación; la agresividad en la escuela, en el trabajo y en la calle; el bombardeo continuo de anuncios; son todas ellas alteraciones de la salud psicológica de una persona y, muchas veces, de una colectividad.

La salud psicológica no siempre significa un estado de “bienestar”: es sano sentir tristeza y dolor por la pérdida de un ser querido; sentir coraje contra el abuso y combatirlo; preocuparse por la pobreza de la mayoría de los habitantes del planeta, o por la de uno de ellos; sentir temor ante una amenaza real. Es enfermo que eso no ocurra o que ocurra lo contrario.

Edificio de la salud-enfermedad psicológica

El “edificio” o escala de la salud-enfermedad psicológica nos permite ver que en contraste con el estado neurótico o psicótico, una persona puede estar en un estado de ecuanimidad, o estabilidad de ánimo, cuando se siente segura, se mantiene esencialmente serena y –sobre todo– siente control de sus propias acciones, está haciendo o viviendo lo que quiere; incluso en situaciones que le causan tristeza, coraje o temor.

En cambio, una persona entra al estado neurótico en la medida en que tiene que hacer lo que no quisiera o siente que no puede hacer lo que quiere. Entonces, en cuanto más tenga esa sensación de conflicto entre lo que debe hacer (o “tiene que hacer”) y lo que quiere hacer, la persona se altera con más facilidad y, como consecuencia, tiene reacciones exageradas o desproporcionadas a la magnitud de los acontecimientos; puede enojarse con mucha facilidad, o llorar sin que haya una causa importante, o bien reírse de manera forzada y muchas veces escandalosa, o tener miedo elevado ante situaciones de poco riesgo; otras personas, debido a la neurosis, pueden no tener miedo ante situaciones realmente peligrosas (temeridad).

Las personas en estado neurótico, a veces desde el momento de despertar, suelen estar irritadas o irritables, o bien muy apáticas y emocionalmente aplanadas. Estas personas se caracterizan porque no pueden controlar sus propias acciones, por ejemplo, fuman cuando desean dejar de fumar, o comen más de lo que ellas mismas consideran conveniente; regañan a sus hijos o entran en conflicto con su pareja, con compañeros, familiares o amigos, cuando su propósito puede ser mantener relaciones positivas con ellos. Personas que quieren hacer ejercicio o dedicarse más al trabajo o a sus estudios y no pueden hacerlo. Se les dificulta mucho planear actividades porque fácilmente se desesperan y se frustran si algo no sale como lo tenían previsto, por lo cual les es difícil perseverar y lograr lo que quisieran conseguir. También constituye un rasgo de neurosis la flojera exagerada y la falta de motivación para involucrarse en actividades interesantes o productivas. La persona en estado de neurosis tiene dificultades para razonar y comprender el punto de vista de los demás, pero –a diferencia del estado psicótico– si bien exagera su percepción de los eventos “reales”, aún comparte los elementos esenciales de esa realidad con el grupo social al que pertenece.

Si los conflictos entre el deber y el querer se profundizan y se vinculan con un aislamiento social progresivo y predominante, las personas gradualmente pasan al tercer nivel del edificio: la psicosis, conocida comúnmente como “locura”. Estado en el cual la persona tiene dificultades para distinguir entre su imaginación y la realidad que perciben los demás; es decir, presenta alucinaciones (escucha voces, ve imágenes, tiene raras sensaciones táctiles, olfativas, gustativas, etc.), por lo que no puede coordinar su actividad con la de los demás ni compartir ideas o sentimientos. Entre más intensa sea la psicosis, ésta constituye una fuga del sufrimiento que produce la neurosis; mediante la “locura”, la persona se aferra a ideas, percepciones, sentimientos o rituales que le dan un significado relativamente estructurado a su existencia, la cual sería mucho más caótica y sufriente sin esos esquemas rígidos y repetitivos (Véase Figura 6).

Tanto la ecuanimidad, como la neurosis y la psicosis deben ser consideradas en diferentes grados y pueden establecerse al menos cinco niveles de intensidad-duración-frecuencia en cada uno de esos estados. Mientras la neurosis o la psicosis sean estados leves y, por tanto, relativamente transitorios no podrían ser catalogados como una enfermedad, sino cuando tengan un efecto esencial sobre la vida de la persona y/o sobre sus allegados. Una neurosis extrema y duradera es muy probable que sea el preámbulo de una psicosis como una forma de mitigar el sufrimiento que dicha neurosis genera, como lo ejemplifica bien la película Taxi Driver, dirigida por Martin Scorsese (1976). A medida que mayor sea la duración de un determinado grado de neurosis o psicosis sin atención será más difícil su tratamiento eficaz. La ecuanimidad también puede tener diferentes grados (5 niveles) y cuando sea más duradera y consistente será también más resiliente ante eventos neurotizantes o psicotizantes.

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Figura 6. Edificio de la salud-enfermedad psicológica.

En el enfoque de la Teoría de la Praxis, la neurosis es parte del proceso de salud psicológica cuando se trata de un episodio transitorio, leve y ocasional. Enojarse, tener miedo o deprimirse de vez en cuando contribuye al proceso de maduración emocional y desarrollo intelectual de una persona, pues esos conflictos neuróticos transitorios propician que cambie su enfoque y amplíe el horizonte de sus experiencias. Si no fuera por esas neurosis eventuales, las personas mantendrían su manera de ser como niños sin lograr la prudencia, la responsabilidad, la capacidad de planeación a más largo plazo y, así, lograr acoplamientos socioemocionales más estables.

Estar de manera breve y leve en un estado neurótico o psicótico no constituye propiamente una patología; considerando el contexto, esto puede constituir una reacción de salud psicológica. Por ejemplo, es sano que una persona se enoje de manera proporcional ante una injusticia o un abuso, siempre y cuando en poco tiempo logre retomar la ecuanimidad para actuar de manera razonada y relativamente eficaz para afrontar aquello que le generó el enojo.

Enfermedad psicológica

En la Teoría de la Praxis se considera como enfermedad psicológica a todo intento o realización de abuso hacia el medio ambiente, hacia la comunidad, hacia otra(s) persona o directamente hacia sí mismo, ya que perjudicar a los demás es una forma indirecta de perjuicio propio; esto se explica por un estado “neurótico” y de enajenación, es decir, de conflicto entre emociones encontradas y de disminución de la posibilidad de captar y tener como relevantes los sentimientos de los otros. O bien, un nivel de “psicosis” cuando el ensimismamiento es tan extremo que el punto de vista y las vivencias de una persona rompen su capacidad de diálogo coherente y de congruencia esencial con los grupos sociales en que se desenvuelve. Desde luego, tanto las neurosis como las psicosis pueden variar en intensidad, duración y frecuencia, desde grados muy leves hasta extremos.

Existen muchas enfermedades psicológicas que no han sido consideradas en los conceptos y manuales postulados por los psiquiatras y es necesario incorporarlas a un manual alternativo de salud y enfermedad psicológicas2) para definirlas, caracterizarlas, explicarlas y generar pautas para su tratamiento. Entre muchas otras enfermedades que debieran incluirse en este nuevo manual podemos señalar las siguientes: corrupción, avaricia, consumismo, sobre-responsabilidad (hacerse cargo y ganar la iniciativa de lo que corresponde a otro(s)), irresponsabilidad, resentimiento, rencor, procrastinación (tendencia a postergar todo), machismo, hembrismo, abnegación, homofobia, vida vicaria (vivir la vida de otra persona), miedo a amar; inseguridad social; deseo desmesurado de tener estatus, llamar la atención y “pseudopoder”; envidiosidad o envidia patológica, abuso del uso de la palabra, superficialidad afectiva, autoritarismo, manipulación de la información, manipulación de personas o grupos, desatención y consumo excesivo de energía (en forma típica), culpar o criticar sin proponer alternativas (en forma típica), insensibilidad a la vida comunitaria, apatía política, conservadurismo, cerrazón (indisponibilidad para aprender), dogmatismo, fanatismo, carencia de actitud cooperativa, carencia de amistades de confianza, grupo primario diluido, carga excesiva de trabajo, falta de espacios para el descanso, descuido alimentario, falta de ejercicio corporal, entre otras.

Podemos hablar de “enfermedad psicológica” cuando la neurosis ocupa más de un 40% del tiempo cotidiano de una persona durante un período mayor a 3 días o de manera frecuente. Cuando esto ocurre, la neurosis produce estancamiento emocional y algunas limitaciones intelectuales.

Una persona que tenga una neurosis prolongada no podrá salir por sí misma de ella y requiere atención profesional psicoterapéutica. De manera remota, algunos eventos fortuitos podrían contribuir a superar esa neurosis pero esto es esperable en un porcentaje mucho menor al 1% de los casos.

Debido al estado neurótico que prevalece en una persona, dada la alteración de su capacidad de razonamiento proporcional al grado de alteración emocional, su conducta se volvería errática generándole mayores conflictos que harían progresivamente más intensa la situación neurótica hasta llegar a la psicosis y el suicidio, si no fuera por tres “mecanismos paliativos3)” que aminoran transitoriamente la ansiedad que genera la neurosis. Estos paliativos psicológicos requieren usarse con mayor frecuencia conforme la neurosis se hace más aguda, lo que explica mucho de lo que ocurre en la sociedad contemporánea.

Tres paliativos de la neurosis

a) Búsqueda compulsiva de placer sensorial

El primer paliativo para la neurosis es la “búsqueda compulsiva de placer sensorial”. Por “compulsiva” entendemos esa sensación irrefrenable para realizar una acción de manera repetida. Por supuesto, la búsqueda no-compulsiva de placer es algo sano y recomendable, pero se considera patológico cuando se presenta con frecuencia excesiva motivado por un deseo constante y reiterado, sin aprovechar la variedad y diversidad de placeres corporales, emocionales, sociales, culturales.

El placer físico suprime o enmascara la ansiedad o el sufrimiento, por lo cual cuando la ansiedad o el sufrimiento son intensos, continuos o frecuentes muchas personas buscarán “ansiosamente” alguna fuente de placer sensorial para eliminar esas desagradables sensaciones. Eso es lo que explica que los niños desde muy pequeños constantemente se chupen un dedo o chupen un objeto para compensar tensiones producidas por la sensación de abandono, indiferencia, miedo, maltrato o por estar en situaciones de violencia verbal y/o corporal. La sensación placentera que se produce al tocarse los labios o succionar algo disminuye o contrarresta otras sensaciones desagradables.

De la misma manera, personas de todas las edades pueden comer sin tener hambre porque el placer que brindan los sabores por sí mismos más los significados vinculados a ciertos alimentos compensa las frustraciones o tensiones que se enfrentan en la vida cotidiana. Una proporción de las personas son comedores compulsivos debido a que en su historia de vida se encontraron reiteradamente que en los momentos de comer se sentían mucho mejor que cuando no lo hacían y se formó un hábito. De la misma manera ocurre con las bebidas, no solamente aquellas que son alcohólicas sino también puede ocurrir con las bebidas azucaradas (refrescos), el café o incluso el agua, que también pueden ser consumidas compulsivamente. El alcohol y otras drogas además permiten evadirse de situaciones problemáticas, relajarse y expresar emociones que las personas suelen contener o inhibir cuando no están bajo el efecto de esas sustancias.

Algo importante que, primero, los psicólogos y luego, toda la sociedad, debieran comprender es que –en el plazo inmediato o a corto plazo– para el adicto es mejor consumir su droga que no hacerlo. Si no consumiera esa sustancia su sufrimiento sería mucho más grande. Desde luego, a mediano y, sobre todo, a largo plazo, es probable que el consumo de la droga genere a los adictos un sufrimiento mayor que si no la hubieran consumido. Con base en esto, es necesario entender que los adictos no pueden dejar de consumir la droga a la que se han habituado sino a través de que tengan acceso y prueben sensaciones placenteras alternativas, naturales-sociales que sean diversificadas. Cuando la propaganda contra las drogas los hace sentir más culpables o son perseguidos, estigmatizados, segregados, rechazados, etc. por ser “drogadictos”, lógicamente esto incrementa sus niveles de tensión y ansiedad favoreciendo aún más el consumo de la droga. Así las campañas antidrogas y algunas formas de represión familiar pueden tener efectos totalmente contraproducentes.

De la misma manera puede explicarse el “consumismo”. Cuando una persona compra un producto, estrena algo nuevo, se siente mejor transitoriamente. Por eso, cuando el Palacio de Hierro, una tienda departamental de lujo, difundió anuncios espectaculares que decían “Ningún psicoterapeuta conoce el valor terapéutico de un vestido nuevo”, en broma comentábamos en nuestra Asociación de psicólogos (AMAPSI) sobre la posibilidad de escribir una carta que en resumen dijera: “Señores del Palacio de Hierro: Los psicólogos sí conocemos el valor terapéutico de un vestido nuevo, pero este dura aproximadamente 48 horas y luego se requiere… otro vestido nuevo”.

Algo parecido podemos decir del consumo de televisión compulsivo, de la sexualidad compulsiva, de la adicción a internet y de muchas otras adicciones, algunas de ellas incluso aparentemente positivas como la adicción al deporte, al ejercicio, a la lectura, a las reuniones sociales, a la religión o a una determinada persona. Se habla de una adicción cuando una conducta que tiene efectos perjudiciales notorios se realiza de manera reiterada y frecuente, formando un hábito difícil de modificar.

b) Producir el sufrimiento de otro(s)

El segundo paliativo para la ansiedad neurótica es aún más interesante: consiste en hacer sufrir a otro(s) a través de culpar, agredir, dañar, obstruir, someter, burlarse, logra que el agresor disminuya sus niveles de tensión. A través de este mecanismo la tensión emocional se transfiere a otras personas o incluso a objetos, instituciones, animales y todo tipo de entidades. Esos es lo que explica por qué cuando las personas se enojan pueden romper cosas o golpear incluso contra la pared. Es la esencia del dicho que expresa: “No importa quién me la hizo, sino quién me la pague”; se habla del “desquite” y es el fundamento de la venganza. El “placer de la venganza” es ese placer neurótico que se satisface en el dolor infligido a los agresores para paliar el propio. Equivocadamente se ha considerado que en eso consiste la justicia, en hacer que el agresor sufra igual o más que su víctima, como si eso la compensara en parte. El placer morboso de la venganza disminuye el dolor de la víctima. Por eso a veces hay regocijo o fiesta porque lincharon, mataron o tienen a un delincuente en un calabozo, padeciendo incomodidades o torturas.

Sin embargo, al igual que el placer compulsivo, la agresividad compulsiva no resolverá la esencia del conflicto emocional. El dolor causado a otro(s) disminuye transitoriamente las tensiones pero el conflicto esencial continúa para producir cada vez nuevos deseos agresivos. La neurosis es producida por la enajenación, por el cúmulo de imposiciones y limitaciones, por la indiferencia, la marginación, el abandono y las violencias históricamente padecidas. Pero, al mismo tiempo, es la neurosis lo que explica el origen de las violencias: la serpiente que se muerde la cola.

La neurosis se transfiere de unos a otros a través de los diferentes tipos de violencia (corporal, verbal, simbólica). Las personas con condiciones emocionales más frágiles progresivamente se hacen chivos expiatorios en los que se descargan los conflictos emocionales de los otros (Ackerman, 1985). Esas personas están propensas a padecer mayores niveles de neurosis y llegar a la psicosis, constituyendo así una válvula de escape para las de los otros. En cada familia, en cada comunidad, existen personas, grupos o sectores en los que va recayendo concentradamente la tensión generalizada en la vida de todos, son el drenaje de la neurosis social y permiten así cierto grado de estabilidad al colectivo, hasta que la conflictividad es de tal magnitud que no bastan las descargas transitorias. Esas personas psicológicamente más dañadas suelen ser los indigentes, los drogadictos, los flojos, los apáticos, muchos de los delincuentes comunes.

Históricamente, el sexo femenino ha absorbido mucho de la neurosis masculina a través del manejo de culpas y limitaciones, pero esto está cambiando por el fortalecimiento emocional que están teniendo las mujeres. Los niños también han sido quienes tradicionalmente absorben las neurosis de sus padres y de otros adultos cercanos; sin embargo, el autoritarismo tradicional se ha ido debilitando y los niños se han vuelto hábiles para manipular las culpas y tensiones de sus progenitores. Es en las escuelas donde los niños se encuentran más expuestos ante muchos docentes neurotizados que abusan del poder institucional y de las calificaciones, frecuentemente contando con la complacencia, el desconcierto o la indiferencia de los “padres de familia”. Veamos la siguiente anécdota esquemática:

“Ese viernes Martín tuvo un mal día en su trabajo, cometió algunos errores que su jefe se encargó de magnificar poniéndolo ‘en evidencia’ ante sus compañeros de trabajo, no dejó de advertir de reojo el placer de algunos de ellos al observar la escena. A las 6 de la tarde sale muy tensionado de la empresa y –como todos los días hábiles– se dirige a su casa a través de un trayecto largo, con un tránsito cargado, escuchando las expresiones sonoras y los gritos de los automovilistas desesperados por avanzar un poco. Al fin llega a su casa con el cansancio y el coraje en los hombros. De manera automática busca detectar errores o fallas de su esposa, Sofía, para poder reclamarle y descargar parte de sus tensiones; dado que no logra encontrar algún desorden suficientemente significativo, recurre al pasado haciendo que salga el tema de aquella vez hace cinco años en que la esposa “coqueteó” por haber sonreído al saludar a uno de sus compañeros de trabajo. La esposa se defiende pero él insiste hasta que logra ponerla de mal humor, triste o cabizbaja. Entonces Martín respira profundamente, se sienta en la sala y enciende el televisor para conciliar el sueño. Sofía se queda despierta, resentida, procesando la discusión que tuvieron. Al día siguiente, Sofía se levanta a las 6:30 am para despertar a su hijo Manuel que entra a la secundaria a las 7:30: “Manuel, levántate, ya es hora”, le grita desde el pasillo. Manuel escucha ‘entre sueños’, sabiendo por hábito que se trata de la primera de muchas llamadas. Sofía tiene que ir a la cocina a preparar el desayuno, pero a los 10 minutos regresa y se percata de que Manuel sigue dormido. Entonces eleva un poco el tono de voz para decirle que “se te está haciendo tarde, como siempre”. Y así ocurre que Sofía va y viene durante varias ocasiones hasta que a las 7:15 se para junto a la cama de Manuel para gritarle tantos improperios que Manuel comprende que ahora sí tiene ya que levantarse y lo hace sabiendo que llegará tarde a la secundaria donde tendrá otra vez que sortear las limitaciones progresivas del prefecto. Martín y Manuel desayunan de prisa antes de salir a trabajar y a la escuela. Sofía da clases en una escuela primaria, en cuarto grado, se arregla bajo la presión del tiempo y apenas llega cuando están cerrando la puerta de la escuela. Para iniciar su clase pide a los niños le entreguen la tarea para revisarla. Juanito es el primero que lo hace. Sofía revisa las divisiones y se da cuenta en la primera que el procedimiento seguido es correcto pero que Juanito se equivocó al copiar un número 9 como si fuera un 4, por lo que el resultado final está equivocado. Toma el lápiz bicolor con el que califica, pone un poco de saliva en la punta de color rojo y traza una tachadura lo más grande y enfática que puede, supuestamente para que Juanito aprenda y se fije mejor en lo que hace”.

El tamaño y la intensidad de la tachadura que un maestro coloca en los cuadernos de sus alumnos pueden corresponder al tamaño e intensidad de la neurosis que ese docente padece. Lo importante de la anécdota anterior es observar la manera en que los conflictos neuróticos son transferidos de unos a otros a través de expresiones cotidianas que forman parte de una cultura, que supuestamente es lo debido: “la letra con sangre entra”, “si alguien comete un error o es agresivo, se le debe castigar para que aprenda”. Se requiere un cambio en la manera de comprender y de afrontar esas expresiones cotidianas de la neurosis, pues en la actualidad generalmente se realizan acciones contraproducentes.

c) Rigidez conceptual y afectiva

El tercer paliativo al que recurren las personas neuróticas es la rigidez conceptual y afectiva, pues se les dificulta razonar coherentemente si no se basan en dogmas y esquemas preestablecidos. Por ello, entre más intenso es el estado neurótico más dificultad para aceptar y comprender otros puntos de vista. La religiosidad vivida dogmática o fanáticamente es una expresión del grado de neurosis, tal como ya lo había visto Freud (1927/1986) en El porvenir de una ilusión. Asimismo, se aferran a prejuicios sociales que pueden ser de índole conservadora o anti-conservadora, pero que se caracterizan por su falta de flexibilidad, por lo cual estas personas suponen que los demás deben comportarse como ellas consideran que es lo adecuado, aun cuando eso no les beneficie o les afecte directamente; les molesta que las personas no se comporten “como deben”, por lo que con frecuencia se entrometen en la vida de otras personas criticando su manera de vivir o exigiéndoles que respeten los valores que consideran “universales”. Muchas madres y padres de familia obligan a sus hijos a realizar acciones o abstenerse de otras sin importar el criterio de éstos, tal como existen países que se piensan “democráticos” porque tienen un sistema electoral de partidos y pretenden que todos los países se sometan a sus criterios. Sin embargo, como lo muestra la película El castillo de la pureza, dirigida por Arturo Ripstein (1972), esas personas que imponen valores y criterios rígidos suelen ser incongruentes e hipócritas, haciendo a escondidas aquello que tanto demeritan en los otros. Ese esquematismo constituye lo que Freud consideró como una “formación reactiva” para apaciguar la irrupción de sus propios impulsos, generados por la conflictividad emocional que viven.

De manera similar, como los estados neuróticos crónicos o prolongados generan conflictos frecuentes en las relaciones interpersonales, las personas tienden a aislarse y tienen progresivos sentimientos de soledad en los que se hunden gradualmente. En ese proceso, si eventualmente logran un vínculo afectivo importante con una persona, ésta se convierte en una especie de “tabla de salvación” a la que se aferran obsesivamente, celándola demasiado, exigiendo su atención y su preferencia, lo que termina destruyendo poco a poco esa “bonita” relación inicial, cuyos gratos recuerdos mantienen la falsa esperanza de volver a ese origen. Se trata del amor neurótico, de relaciones destructivas, que son expresadas en muchas de las canciones populares. Bajo esta perspectiva se tiene la idea de que, por ejemplo, la relación de pareja es lo único importante que le da significado a la existencia de alguien, lo que es contraproducente para esa relación. Por eso en mis conferencias, ironizando una conocida campaña televisiva para prevenir el abuso sexual en los niños, suelo decir entre bromas que “si una persona les dice ‘tú eres todo para mí’ o ‘sin ti no soy nada, aléjense de ella y cuéntenselo a quien más confianza le tengan’”. La pareja o una persona amada puede ser lo más importante pero no debiera ser lo único.

Considerando lo anterior, recomiendo a las personas jóvenes y no tan jóvenes que, cuando vayan a elegir pareja, observen en su prospecto(a) que tengan al menos los cuatro más básicos de los 23 criterios particulares de salud psicológica:

  1. Que tenga una relación esencialmente positiva con su familia de origen, al menos en un estimativo 60%.
  2. Que tengan al menos dos o tres amigos de confianza con una duración mayor a dos años.
  3. Que tengan aspiraciones o proyectos, deseos de lograr algo en el futuro.
  4. Que en los últimos 3 meses hayan realizado acciones relacionadas con esas aspiraciones o proyectos.

Obviamente, si el prospecto no cumple con estos criterios podemos considerar que tiene un nivel de neurosis relativamente elevado que, en poco tiempo, volverá conflictiva la posible relación de pareja. También es obvio que la recomendación repercute sobre la misma persona que recibe este consejo, que puede no cumplir con dichos criterios y/o estar ya envuelta en una relación conflictiva e insatisfactoria con una pareja, una amistad o un familiar determinado. En este caso se les recomienda acudir a psicoterapia y buscar que en ella participe también la otra persona.

1)
En esta sección se vierte el capítulo 8 del libro Psicología. Teoría de la Praxis. Tomo I. Conceptos básicos del Dr. Marco Eduardo Murueta. Amapsi. 2014.
2)
A través de la Asociación Latinoamericana para la Formación y la Enseñanza de la Psicología , psicólogos de diferentes países están colaborando para la construcción de este Manual Latinoamericano de Salud y Enfermedad Psicológicas , cuyos avances serán puestos en línea a disposición de la comunidad científica, profesional y académica.
3)
Un “paliativo” es algo que disminuye los síntomas de una enfermedad pero no la resuelve. Por ejemplo, una pastilla o un jarabe puede disminuir la temperatura corporal de un niño, pero no elimina la infección que es la que genera la temperatura.
salud_psicologica_y_sociedad_contemporanea.txt · Última modificación: 2016/08/30 21:17 por admin